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Diez clientes, diez carpetas y un informe trimestral que se fabrica a mano en un procesador de textos. El cliente llama para preguntar si firmó algo, cuándo era la reunión y qué entra en su iguala; las tres respuestas están en la cabeza de alguien. Y el trabajo que factura bien —el que se renueva cada año— es justo el que peor se documenta.
El expediente de uno no es visible desde el de otro, ni por error ni por curiosidad. Tú decides qué persona de tu equipo entra en qué cliente, y ver no es lo mismo que operar: se conceden por separado. Cada acceso a un documento queda registrado con quién, qué y cuándo — que es lo que convierte el deber de secreto en algo que puedes demostrar, no solo prometer.
La Ley 21.595 chilena y la Lei 12.846 brasileña no piden un modelo aprobado: piden uno vivo y evaluado periódicamente. Eso convierte lo que era un proyecto que se entregaba una vez en un servicio que se renueva — y tú tienes el estado de los diez modelos en una pantalla, con lo que le falta a cada uno.
Tu logotipo, tu color, tu nombre al pie. El cliente ve su cumplimiento al día sin pedirte un informe, y tú dejas de ser el cuello de botella de cada pregunta.
Defines planes reutilizables con cupos —dos consultas al mes— y se los asignas. El cliente ve «te queda 1» antes de pedir, y la tercera sale marcada como facturable aparte antes de solicitarla. Se acabó la discusión al llegar la factura.
El cliente solicita, tú fijas alcance y precio, él firma con segundo factor. Queda constancia verificable: no repudia, y no hace falta perseguir un PDF por correo.
Publicas el horario de tus profesionales y el cliente reserva el hueco libre. Sin ida y vuelta de correos para encontrar un martes.
El documento que tu cliente lleva a su consejo o a una licitación, emitido por ti y comprobable por un tercero. Antes eran dos horas por cliente y trimestre.
No hay que activarlas todas. Cada una funciona sola y todas comparten el mismo expediente: lo que se registra en una cuenta en el estado de las demás.
Configúrelo en dos minutos y verá la cifra exacta, en su moneda y con la implantación ya descontada.